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14.5.10

Última combustión

Le pedí la cuenta tres veces, tres veces antes de que se acercase hasta mí, tres veces antes de que la paciencia se me agotase en el último sorbo al whiskey que quedaba en el vaso. Se la pedí agitando la mano, llamándolo por el nombre, gritándole con un tono al final insultantemente cortante y humillante, pero no se acercaba, no dejaba su sitio tras la barra, allí plantado, con las piernas separadas y la mirada perdida, me ignoraba como me había ignorado siempre. El bar estaba casi vacío, sólo estábamos nosotros y un viejo con el pelo grasiento recogido en una coleta, jugando a los dardos. La pedí rodeada de vasos vacíos, con el cenicero rebosante de colillas y el alma cansada haciéndome compañía en la silla de al lado, a veces me miraba y me hablaba, con condescendencia, como se le habla a los niños pequeños, poniéndome vocecita, vocecita que hablaba con superioridad. Me hablaba desde arriba, machacándome la razón, el entendimiento y las únicas neuronas que me quedaban en pie tras aquella noche de alcohol barato y autocompasión de todo a cien. La última vez que lo llamé, lo hice gritando: “¿Cuánto te debo? ¿Cuántas noches sin dormir por tu culpa debo pagar? ¿A cuánto ascienden las cantidades de todos los pagarés que firmamos sin salir de la cama? ¿Y el alma? ¿Recuperará su antiguo estado otra vez?”. Entonces sí, se acercó con pasos de pelícano y la bandeja debajo del brazo, la desplegó con gestos exagerados y empezó a retirarme los vasos, uno por uno, lentamente, había perdido toda la agilidad y presencia, sus movimientos eran más torpes y temblorosos. Pero a mí no me importó, volvía a ser humano, aún con aquel uniforme, tan humano como cuando aún no había odio y dedicábamos horas a jugar al billar entre copas, tan humano como cuando le ayudaba a vomitar metiéndole los dedos hasta la garganta mientras le acariciaba el pelo suave de la nuca, era el mismo humano fracasado y débil que conocí entre cócteles, paletos y juegos de bar. Cuando terminó de colocar todo sobre la bandeja, ésta empezó a tambalearse, temí por un momento que todo aquel montón de cristales pegajosos cayese sobre mí, pero pareció estabilizarse. Con la mano libre se sacó del bolsillo una nota que tiró sobre la mesa, la apretó tan fuerte al cogerla que pude escuchar el sonido del papel arrugándose y quebrándose entre sus dedos. La ceniza de mi cigarro cayó sobre ella, consumiéndose, y mi mirada también, poniendo todos mis sentidos en leer aquellos torpes trazos.

26.4.10

Pienso que es lo mejor...


Justine me miraba como si nunca me hubiese visto, como si fuese el día que nos conocimos en la ciudad de piedra e intentases memorizar otra vez mis rasgos y mis facciones una por una. Analizaba con sus ojos cualquier mínima arruga que se dibujase sobre mi piel, trazando alguna especie de simple recorrido que empezaba en mis cejas, continuaba con el perfil de mi nariz y terminaba bordeando mis labios.

Serían las once o las doce, no lo recuerdo bien, pero el sol empezaba a lucir con más fuerza. Sobre la mesa su cigarro se consumía en el cenicero, se consumía como me consumía yo mirando fijamente al mar desde el malecón. Ella seguía mi rastro parloteando alegre, posiblemente sobre nuestras próximas vacaciones o la lista de la compra. De esto hace ya mucho tiempo como para recordarlo a la perfección.

Mientras, yo estudiaba con una precisión profesional al grupo de niños que chapoteaban en la orilla entre gritos. Parecían felices, despreocupados, pero trataban aquella maravilla de la naturaleza con poco respeto; de tanto tenerla para ellos no era más de lo que podía significar para mí una tarde en la oficina hace diez años rodeada de papeles y de compañeros aburridos.

Escuché al camarero detrás de mí al rato, al parecer había advertido nuestra presencia. Justine pidió un café con hielo y un zumo de naranja. Y en este momento fue consciente por primera vez de la poca luz que despertaba su sonrisa en mí, sonrisa que tiempo atrás me hubiese maravillado. Un día habíamos sido como el mar: nuevas, azules, peligrosas y ahora qué éramos además de dos aburridas mujeres de cuarenta años...

Fuera había magia, cosas nuevas esperando, las que necesitaba para mirarlo todo otra vez con los ojos que tenía hace veinte años. Hice un repaso a doble velocidad a mi vida con sus más y sus menos, sus tropecientas relaciones fracasadas y los amigos que perdí. Incluso puse especial intención en recordar cómo era antes, antes de empezar a envejecer, cuando aún podía presumir de mi cuerpo y embutirme en unos vaqueros ajustados. Cada paso que di siempre fue hacia esto, a la falta de emoción. Te pasas la vida buscando pieles, lugares y almas como si fueses una torpe encarnación de la avaricia y piensas “Todo vale si ayuda a que esto sea mejor, todo vale si me siento viva otra vez, joven, despierta y con ganas de aprender” Cuando en realidad el primer golpe que das, contra ti claro, es ése, precisamente el querer tenerlo todo. Por eso ese día, allí sentada, viendo por primera vez el mar era consciente de la estupidez de mi vida, del juego absurdo que no podía cambiar, y sentirme vacía era el precio que debía pagar al mundo y a Justine.

Ella seguía allí hablándome de cosas que no me interesaban lo más mínimo mientras terminaba de darme por la pajita el zumo de naranja. Siguió hablando, casi sin inmutarse, cuando el zumo se derramó sobre mi ropa. Y después de pedirle una servilleta al camarero, limpiarme el zumo y los regueros de baba seca que colgaban por mi cara, seguía sonriendo como antes.

Cogió mi silla de ruedas y por fin pude darle la espalda al mar, a lo que un día fui y a la lástima que podía leer en el semblante de mi mujer cada puñetero día de mi vida.

20.4.10

Creo que quiero creer y creo que, esta vez es imposible.

Creo firmemente en ti, Malena. Creo tanto que me pesan los brazos de sujetar tanta confianza rota, que se me inyectan los ojos en sangre si me encuentro con tus rizos por la calle. Creo, Malena, que como lea otro puñetero artículo firmado por ti en el periodicucho del pueblo no podré controlar lo que creo. Pienso que me dueles, chica de mirada sideral, que me aburre tu sonrisa en la foto que tengo en la cartera, que es tu belleza entera la que me molesta. Creo tantísimo en ti, tantísimo, que no podré con otra llamada de madrugada, a destiempo, pidiéndome cualquier cosa, que te doy la mano y me coges el brazo, después de cortármelo, claro. Y mutilada persigo a otras gatas, más enfermas aún que tú, y sujeto, todavía, la confianza rota. Prohibiéndome dar un paso atrás o adelante, como siempre mi lugar está a tu lado aunque tenga a otra chica entre las piernas, cortándome el otro brazo, despeinándome las pestañas con su foto, la que llevo en la cartera. Y el pelo rizado sigue estando bien si lo lleva otra cabeza y sigue estando bien hacer tonterías en el Macondo y sorprenderme como una cría cuando suena el teléfono aunque el sol ya se haya puesto. Pero te lo advierto Malena, te lo repito para que te enteres de una vez, creo en ti, sigo creyendo en ti a pesar de saber que todo lo que eres me incordia, me perturba, me machaca y me aplasta. A pesar de creer firmemente también que eres una grandísima hija de puta, cariño.

cuento cuentos
me cuento cuentos a mí misma
cada noche
para recordarme la ilusión que perdí
(...)
cuento cuentos
me cuento el mismo cuento cada noche
para decirle al futuro
cómo tiene que ser

*DÉBORAH VUKUSIC. Guerra de identidad. Baile del Sol, 2008.

2.4.10

Eras una funámbula


En la casa había una mesa, en la mesa una caja y dentro de la caja un circo. Nosotras aplaudíamos dentro, maravillados por el espectáculo: payasos, contorsionistas, trapecistas, fieras y domadores. Cada número era mejor que el anterior, más arriesgado, más diferente. Reíamos al ver una y otra vez las pelucas de los payasos, estallábamos en expresiones de asombro al ver a El Gran Ricardus acariciar a los leones. Nos encogíamos sobrecogidas cuando metía la cabeza dentro de la boca del tigre blanco. Los números musicales nos maravillaban, comíamos palomitas y algodón de azúcar y con la boca llena tarareábamos las canciones. A la salida nos cogíamos de la mano y bajábamos por las gradas del gallinero para poder saludar y ver de cerca de los artistas. Abandonábamos la carpa eufóricas y felices cada vez. Pero fuera de la casa, fuera de la mesa, fuera de la caja y fuera del circo no sabíamos ser nosotras y entonces nos quedábamos muy quietas, temblorosas, anhelando las discusiones, los dramas y los insultos que tú lanzabas llenándote la boca de barbaridades.

30.3.10

De riesgos y ganas de salir adelante.


Todos parecen felices, escogen camisas alegres. Salen a la calle cada día con una sonrisa en la cara. Mueven sus brazos al compás de sus pensamientos y sus piernas saltan ágiles, en lugar de arrastrarse por las aceras. Me miran desde arriba mientras tararean una canción. Escogen el punto más alto y desde allí siguen subiendo hacia arriba abandonándome en el puerto. Yo hago peces de papel sentada en el banco. Son peces de colores, también, como sus camisas y los voy colgando en el móvil junto con los barquitos por si algún día tengo un bebé, me digo. Pero todos parecen felices, rebosantes de felicidad, activos y yo sé que mucho antes de haber tomado la decisión más importante de mi vida ya me había perdido. Es mi cerebro, que no funciona correctamente. Aunque ayer gané, gané yo y no ellos. Gané al tomar las riendas sólo un momento. Ya vendrá el torero del moroso a decirme lo que debo, siempre pasa eso cuando me levanto y hago algo.

La chica que saltaba acantilados (era ella)


Me sentí kamikaze, suicida, insultantemente tarada. Algo había en aquel café que fallaba, aunque no pudiese asegurarlo a ciencia cierta. Era tu manera de agitar la cucharilla en el aire, apuntándome con ella mientras contabas alguno de tus chistes malos y estallabas en sonrisas. O como recolocabas ese mechón que te rozaba la clavícula y cruzabas las piernas para volver a separarlas, nerviosa. Quizá fue la mesa descuidada, los granos de azúcar que casi podía contar o el culo de la camarera que jugaba en la tragaperras. Pero según avanzaba aquello, según ibas tejiendo (otra vez) palabras, yo crecía, me hinchaba, flotaba para derrumbarme al final, pasada la primera bocanada de euforia, al pensar que tal vez todo fuese una equivocación.

20.3.10

Sin título (No lo necesita)

CAROLINE

Ella decidió no contestar. Su mirada seguía perdida en los cuadros que colgaban en las paredes. Todos le resultaban familiares, nada había cambiado. Había tres cuadros colocados de manera desordenada encima de esa mesa. Eran dibujos a lápiz, enmarcados, sencillos. El de los bañistas siempre le había llamado la atención, había siete hombres, todos ellos calvos y una mujer, sólo una, con flotador a la izquierda. En otro habían dibujado a una mujer desnuda, de espaldas, con el pelo recogido, mirándose a un espejo, pero no sé si por facilitar el trabajo o por un descuido del pintor, en el espejo no se reflejaba absolutamente nada. Y el otro era una torre de monedas, colocados por orden de valor y tamaño, ella y Xoel bromeaban siempre diciendo que aquello parecía una especie de pirámide de Maslow adaptada a los tiempos actuales. La noche en la que llegaron a esa conclusión hacía mucho calor, tanto que luego decidieron bajar hasta la playa a dar un paseo. Caroline se acordó también del vestido que llevaba, blanco y largo y de los pendientes que llevaba esa noche, y también de las chapitas que decoraban la solapa de la camisa de Xoel, se acordó de todos y cada uno de los detalles, y de la sensación de sus pies descalzos en la arena y la de bañarse vestidos en la orilla, y de la mirada de Xoel cuando salió del agua con todo el vestido pegado al cuerpo dejando entrever todo lo que se podía ver. Y de esto... y de aquello... y de...
- ¿Caroline? ¿Me estás escuchando?
Ella nunca escuchaba lo que no quería escuchar. Nunca lo había hecho. Y no iba a empezar ahora.

JIMENA

Aparcaron de frente al mar. Era un sitio realmente bonito, y de noche se veían todas las luces de los barcos y de las farolas del puerto. Ella empezó a recordar todas y cada una de las noches que había pasado allí en compañía de Laia, estaba al borde de las lágrimas, pero en el momento en que la primera amenazaba con resbalar por su cara, sacudió la cabeza y volvió a la realidad. Luca estaba liándose un porro y se quedó mirando detenidamente como lo hacía. Algún día aprendería a hacerlo, pero por el momento no le dejaban ni acercarse a la hierba. Había conocido a su amigo en el primer año de instituto y desde ese momento no se había separado para nada, los cuatro eran una piña. Pero entre hormonas y amor esa amistad mágica se empezaba a fracturar sin que se diesen cuenta.
- Mena, esto ya está. Enciéndelo tú.
Cogió el canuto y le dio una calada profunda reteniendo durante mucho tiempo el humo. Quería que le subiese en condiciones.
- Estás muy callada, ¿No?
Le pasó el porro y siguió en silencio unos segundos con cara de estar concentrada en algo.
- ¿Nunca has pensado que ser romántico es una gilipollez? –sentenció al final.
- Supongo que depende de la persona, que estamos capacitados para ser románticos con ciertas personas, y en esos casos concretos no podemos evitarlo. Pero sí, en general y sobre todo cuando nos equivocamos de persona suele ser una pérdida de tiempo.
Eloy colocó la pierna derecha por debajo de la izquierda. Empezaba a estar tenso.
- Eso pienso yo. Una pérdida de tiempo. Todo sería más sencillo si fuese sólo sexo, nada más, atracción pura y duramente física. Sin contratos invisibles ni celos ni sentimientos encontrados. Tan sólo y únicamente... sexo.
Puso especial atención en pronunciar como deseaba aquellas últimas palabras, quería que aquello funcionase como un buen eslogan publicitario. Quería que Eloy desease más que nada en el mundo acostarse con ella. Sin querer estaba tonteando, no lo había buscado. Pero no sabía como enfrentarse de otra manera a esa sensación de despecho.
- No podría imaginarme nada mejor. Sin ataduras, ni discusiones, ni promesas que no se van a cumplir...
Él le siguió el rollo.
- ¿Y que te parece si esta noche tú y yo... sencillamente, tenemos tan sólo y únicamente sexo?
Jimena se inclinó sobre él y lo besó. Y ya no hizo falta nada más para despertar a Eloy. Con algunas que otras dificultades por el tamaño del coche consiguieron adaptarse el uno al otro. Todo le parecía torpe y forzado, incluso sus movimientos, sube las caderas, baja las caderas, sube las caderas, baja las caderas, sube las caderas, baja las caderas... le resultó tan mecánico como poco placentero. Estaba en otra dimensión, muy lejos de allí observando la situación como si lo estuviese viendo a través de una tele. Era la primera vez que se acostaba con un hombre, y probablemente fuese la última.

ADRIANA

No escuchó respuesta, pero sí el sonido de unos pies trotando en dirección contraria. Siguió dándole vueltas a la pasta que ya hervía en el fuego. La cocina estaba llena de vapor y los cristales empañados goteaban agua sobre la encimera. Adriana cocinaba fatal, nunca se había propuesto aprender y antes, cuando ella aún trabajaba en la clínica, era su marido el que se encargaba de ello. Pero ahora era ella la que se quedaba en casa. Hacía tres meses que había perdido su empleo. Llevaba ya una temporada con unos altos índices de fracasos en sus operaciones y la clínica privada no se arriesgaba más. Siempre había sido una buena cardióloga, la primera de su promoción, aunque era irónico; se pasaba los días curando corazones ajenos cuando el suyo propio carecía de vida.

En ese momento, como en tantos otros, se detuvo para escuchar sus propios latidos, era una de las pocas cosas que le recordaban que todavía no había muerto. La situación le resultaba irreal, sólo percibía el burbujear del agua y el “pum pum” constante que emitía su órgano, de repente en su cabeza no había sitio para lo demás. Los oídos le empezaban a zumbar, taponados. “No, otra vez no, esta burbuja no” pensó. Pero cada vez le pasaba más a menudo. Pasados unos diez minutos una mano fría le rozó la espalda. Se giró sobresaltada y se encontró con un niño empapado chorreando el suelo.

- Tira para el cuarto de baño. ¡Vamos! ¿No ves cómo lo estás poniendo todo, bicho? Ahora mismo voy yo y te ayudo a ponerte el pijama.

Se quedó pensativa un par de segundos más, pero enseguida volvió a la realidad.

LEIRE

Los dos trabajaban y al mismo tiempo trataban de sacar adelante sus carreras, que pagaban a duras penas con unos sueldos de mierda. Ángel empezaba a notar que no se comportaba de la misma manera y que pasaba mucho tiempo en otro mundo, aislada.

- ¡Leire! ¿Qué coño haces?- gritó pablo agarrando con fuerza la puerta que había estado a punto de darle en toda la cara.
- Oh, lo siento, no sé en qué estaba pensando- había entrado tan apresuradamente que no se había fijado en que había alguien detrás.
- Joder, tía, no puedes seguir así. Me voy a currar, que de esta vez no llego, tienes la comida dentro del microondas.
- Vale...
- Ah, y te ha llamado Cloe, dice que tenéis que hablar de lo del trabajo y que a ver si te pasas algo más por la facultad, que para quedar contigo hay que pedir cita previa...


Se marchó dando un portazo dejándola perpleja en mitad de las escaleras. Leire sacudió la cabeza en un gesto de resignación y subió pesadamente las escaleras. Dejó las llaves en el mueble junto a la puerta y puso la comida en un plato.

Creo que ha llegado el momento de retomarlo.

10.3.10

Te odio por dejarme a medias antes de llegar al éxtasis.


Caímos en las redes, como si alguna vez, en realidad, hubiésemos sido inexpertos. Marionetas tropezando con sus hilos, sin titiritero. Éramos frágiles, débiles, quebradizos y nos creíamos etéreos. Había tres cosas importantes en nuestra vida: el cariño, el hambre y el otro. Y así, lo que empezó siendo una lucha dolorosa, se convirtió en amor (palabra que no sabíamos ni deletrear, nadie nos había enseñado) Era hambre al principio, deseo, ganas de poseernos hasta que nos doliesen los miembros y el hambre y las maneras. Amor cuando abandonamos nuestros sueños, en un intento de compensar al otro. Dependencia cuando nos abríamos en canal cada una de las veces en las que llegamos a casa y la encontramos vacía, oliendo a desesperación. Idiotez, profunda idiotez, al esperar algo más que nunca llegaríamos a tener. Recorrimos esas carreteras desde la cama, refugiados en nuestro colchón, eso se nos daba maravillosamente bien, en eso éramos expertos, desde allí podíamos con el mundo, con las dudas, con los polvos que tú regalabas los fines de semana a cualquiera que se abriese de piernas y con mis brazos asfixiantes. Pero fuera... éramos desconocidos, villanos, crueles y desvergonzados. Cruzábamos palabras vacías, insultábamos a la decencia, nos vestíamos de desconcierto y así, arrastrándonos por el suelo, nos fuimos dejando la piel (y los latidos y el hambre y las maneras) y olvidamos que un día, en una cama, nos prometimos amor, del de verdad, pero no era tal.

1.3.10


Al principio es aprender que en la última rendija del último latido siempre quedará algo. Al principio, mucho antes de que yo dejase aquella casa, mucho antes incluso de que te convirtieses en esa mujer de plástico, había construido los cimientos de lo que sería mi vida sin ti. No me preguntes cómo lo sabía, pero lo sabía. Fue antes, muchísimo antes de que lo intuyeses. Había algo en tu mirada que me permitía adivinar el futuro, augurar un futuro mejor o prepararme al menos para recibir el golpe registrando daños menores. En la historia existieron siempre dos problemas de los que soy consciente ahora y no antes. Eras demasiado egoísta y yo demasiado idiota. Abrirme de piernas nunca fue suficiente, como tampoco era suficiente el aire que nos rodeaba. Así que sólo puedo decir que lo supe mucho antes, leyendo señales invisibles, guías sobre tu cuerpo, palabras desgajadas colgadas en tus labios y me daba igual. La inseguridad me gustaba casi tanto como me gustaba tu piel y tu risa y tus manera de caminar tranquila. Y supe que envejecerías de golpe igual que sabía cómo te gustaba el café y dónde debía tocarte para que te derritieses. Pero no quería envejecer contigo. Por eso, mucho antes de que lo supieses siquiera, ya había asumido un final para el que no estabas preparada.

26.1.10


Soy una chica solitaria. Se me dan tan mal las relaciones... Necesito un master, un curso, unas clases para aprender a compartirme. Fue mágico acostarme contigo. Recuerdo cada una de las curvas, cada una de las sombras de tu cuerpo. El lunar en el muslo derecho y las ganas de caer en la cama. Que odié los cordones de tus botas, esa manía tuya de vestirte como una cebolla y las prisas que parecías tener. “Tenemos toda la noche, idiota. Quiero follarte toda ella”. No me bastaba con tocarte, necesitaba tocarte una vez más. Y aún así, cuando caíste por fin rendida a mi lado y cerraste los ojos esperé pacientemente a que te durmieses con mis labios aleteaban sobre tu frente sudorosa, para levantarme. Fui al salón desnuda, sin hacer ruido y encendí un cigarro. Ya era de día y yo quería escapar. No tenía nada que ver contigo. Me apetecía estar sola. Pero volví a meterme silenciosamente en la cama. Al fin y al cabo me habías devuelto a la vida.


Supongo que es la magia de la carne, querida.

25.1.10


Siempre había vivido en esa casa. Veintitrés años, cuatro meses y cinco días encerrada en ese pueblo. Jamás sintió deseos de huir, era la tranquilidad que ella conocía. Era una chica delicada, pura y honesta. No tenía un ápice de maldad. Los días pasaban tranquilos rodeada de personas mayores. Mujeres y hombres que habían dedicado toda su vida a cuidar de la gran casa propiedad del Mayor. Leyla sabía poco de él. A veces se cruzaban por los largos pasillos y ni siquiera se dignaba a reconocer que ella estaba allí. Una vez, estando ella en el patio sentada bajo uno de aquellos grandes árboles selváticos que crecían en la arena, él se detuvo a su lado para apagar un cigarro en su hombro desnudo. Años más tarde sólo recordaba la quemazón de la herida y la vergüenza infantil que sintió. Pero en realidad el Mayor también posó la mano sobre la cabeza de la chica levemente, como el dueño que felicita más levemente aún a su perro. A Leyla le gustaba subir y bajar las escaleras a saltos, de dos en dos peldaños. Siempre de dos en dos. Muchas veces los criados la regañaban aunque no consiguieron nada en el tiempo que pasó allí. También disfrutaba comiendo mangos que ella misma recogía y jugando en el avión que parecía haber encallado en el jardín de la casa como por arte de magia. Como podéis ver la vida de Leyla era tranquila y amable. Algo casi impensable hoy por hoy. Pero un día, todo cambió. Ella lo supo, juraría que se dio cuenta casi al instante cuando vio a la nueva criada con su pequeño hatillo desde la ventana de su habitación. La tarde de su último día en aquella casa terminó con Hannah en el desván, jugando con las cuerdas y otros trastos viejos. Juntas encontraron un nuevo juguete, allí había una chica desnuda, recostada sobre el suelo. Tenía parte de los muslos y el vientre completamente tatuados. Las pupilas se le dilataron contemplando aquella belleza y no pudo evitar alargar la mano para rozar, sólo un poquito, la piel de la chica. Hannah, la criada, observó sus movimientos desde arriba con la mirada inyectada. En cuanto las yemas de los dedos delinearon los tatuajes golpeó a Leyla con fuerza en la cabeza. Ésta cayó sobre el cuerpo desnudo y tardó unos segundos en recuperar el conocimiento. Al abrir los ojos sintió a Hannah montada a horcajadas sobre su espalda sujetándole firmemente la melena. Aquello dolía mucho. Tanto que le costó reaccionar y defenderse. Cuando volvió en sí, la agarró con fuerza y los papeles cambiaron. Golpeó a Hannah una y otra vez en el cráneo, una y otra vez, una y otra vez. Aquello sonaba a roto. Cada vez que la golpeaba salían disparadas gotas de sangre que manchaban su vestido. Sus manos estaban ya empapadas pero no podía dejar de golpear y golpear y golpear. Cuando por fin se levantó y vio la escena desde arriba optó por patearle la cara un par de veces más. Hannah se había convertido en una muñeca antigua que podía romper con facilidad. Un último golpe, pensó. Y su cabeza, por fin, se fragmentó en varios trozos de porcelana. Antes de irse, despeinada, sucia y sudorosa recogió del suelo uno de los ojos de cristal azul que había rodado hasta la puerta. Y eso era todo. Una muñeca y polvo. Mucho polvo. Ni chica tatuada, ni criada. Sólo sangre en el vestido y dolor de cabeza.
*Sueño de la noche del sábado. Que alguien me lo explique.

18.12.09


Son las 7:57 de la mañana. Todavía no ha amanecido pero los trabajadores de la obra que lleva activa desde hace meses ya están trabajando. Beni da vueltas en cama, sólo ha dormido una hora y tiene que levantarse en tres minutos para guardar en la cajita de topos negros todas las pecas, lunares y rostros endiabladamente hermosos que ha soñado durante ese breve lapso de tiempo. Es viernes, le espera un largo día, exactamente igual que el jueves o el sábado. Posiblemente debería hacer algo para cambiar la rutina en la que se ve inmersa, pero no lo hace. Ocurre que todas las mañanas Beni se levanta y guarda en esa caja recuerdos revividos en fase REM y otras cosas absurdas. Ocurre, no siempre, pero casi, que vive más durmiendo que despierta, que olvida sus sueños en cuanto los introduce en esa caja y que una noche, tal vez no muy lejana, deje de hacer ambas cosas. Hoy ha soñado que atraviesa con ella y un bebé la entrada a un templo decorado con grandes figuras labradas en la roca ocre que cubre todo el lugar. Cuando terminan de subir las escaleras serpenteantes se encuentran con un complejo turístico y mucha gente hacinada moviéndose sin seguir un sentido fijo. Camisas hawaianas, gritos, cámaras de fotos y calor, mucho calor. “El bebé no debe pasar a la piscina” le dices y entonces, no se sabe muy bien por qué el tiempo se congela un instante en el que te acercas a sus labios y los rozas imperceptiblemente, besándola despacio. Beni ignora lo que acabas de hacer y continua caminando. Tú le susurras que no debías haber hecho eso, pero Beni se siente confusa y a la vez pletórica. Lo llevaba deseando mucho tiempo. En el sueño pasan más cosas, pero no las voy a contar aquí porque no son importantes. Ahora, que ella debe guardar sus recuerdos, olvidará que desea que la beses, olvidará que le debe algo a ese bebé que una y otra vez aparece en sus sueños y continuará, amargamente, “como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”



24.11.09


Separó los años en canciones derramando el alma sobre ellas. Otros esperaban calmar la fiebre, curar la fiebre, comiendo alpiste. Pero ella separó los años en canciones, encerró cada uno de ellos en una canción y en un poema. Algunas veces fue más allá y pudo contener toda la fuerza, toda la mierda, todo el sabor, todos los fracasos en una frase o en una palabra. Sabía que sólo así podría apagar el pasado. Sabría que sólo así podría olvidarse de todo aquello, de todos aquellos, de todos aquellas otras almas que empañaban la suya. Sabía que sólo así irían muriendo, pasando de moda, dejarían de sonar en la banda sonora de su vida intermitentemente hasta desaparecer, hasta evaporarse, hasta olvidar que algún día habían existido. Perdiendo por el camino un poquito de su esencia, un poquito de esa sonrisa, un poquito de ese lunar, un poquito de esa voz, un poquito de ese amor que ya al empezar tenía dos telediarios. Pero sólo un poco, una muy pequeña esencia de los sentidos, de los sentimientos pasados, una muy pequeña esencia de lo que un día tuvo y ahora no tiene, de lo que un día deseó tener y nunca consiguió. Sabía, mucho antes incluso de proponerse esta misión, que sería la más importante de su vida, que jamás dejaría de hacerlo. Que haciendo eco, uso, acopio de la música y la literatura pasaría media vida enterrando en ellos a sus otros pasajeros, a sus otros compañeros. Compañeros y compañeras de desgracias y amores precoces. Compañeras y compañeros de dolores exagerados, de heridas sangrantes, de sexo lleno de culpabilidad. Amigos que no fueron tales amigos. Amigas que tuvo que dejar de querer, forzándose a ello. Cuerpos desmadejados. Calcetines desparejados. Electrodomésticos que podían latir. Intensidades de una noche, de dos semanas o de seis meses. Amores platónicos de un año, de dos o de toda una vida. Pieles suaves. Humedades ardientes. Colchones. Cafés. Lágrimas. Promesas. Y todo mentira. Todo mentira. Su mayor misión era enterrar la gran mentira de su vida. Cada una de sus mentiras. Para poder seguir viviendo otras diferentes aunque igual de falsas, igual de plastificadas, igual de perecederas hasta encontrar las de verdad, las que nunca se marchan, las que se quedan siempre, pase lo que pase, hagamos lo que hagamos.


4.11.09


LADY OF THE FLOWERS



Sujeto Nº34

Fecha de entrada en el proyecto: 15/07/1997
Antiguo nombre: Elisa de Pablo Leonardo.
Código de barras: 220889
Edad de entrada en el proyecto: 17 años.
Motivo de entrada: Múltiples violaciones sufridas entre los 14 y los 17 años.
Esperanza de curación: Prácticamente nula.
Doctor asignado: Angus Bernat.
Local asignado: Cúpula de Cristal.



- ¿Alguno de los aquí presentes pueden decirme cuál es la más poderosa de las drogas? –dijo dando una vuelta sobre sí mismo y situándose mirando a los ojos a todo el auditorio-. ¿Nadie?


La sala estaba completamente llena. Unos trescientos ojos negros lo miraban con curiosidad y atención esperando sacar algo en limpio de aquel seminario. El techo del auditorio estaba repleto de goteras y el terciopelo de las butacas gastado por el uso. El doctor se encontraba sobre el escenario, delante de un atril ocupado por varias hojas amarillentas. Encima de él se elevaba la cúpula de cristal, tal vez lo único bueno que se conservaba de aquel lugar. Llovía. Él pensó que tal vez no era el mejor día para enfrentarse a aquella masa uniforme de almas vagabundas.
El silencio que se sucedió después de la intervención del Doctor empezó a incomodar a la sala. Los presentes se revolvían en los asientos, esperando ya que la respuesta les fuese desvelada. Se miraban unos a otros animándose a elevar la voz e intentar al menos lanzar una respuesta trémula, falsa. Pero ninguno fue capaz de hacerlo. Podían ver sobre la pizarra letras garabateadas a tiza, aún así no lograban comprenderlas. El orador tomó entonces la palabra de nuevo. No sin carraspear un par de veces antes.



- Ustedes son unos ignorantes. Lo sabía ya cuando acepté dar esta conferencia. Estoy aquí para solucionar eso. Pero pido colaboración. Tengan en cuenta que ser ignorante no es malo, lo realmente malo es no querer dejar de serlo



Se atusó el bigote canoso y continuó con su discurso.



- No estoy aquí para perder el tiempo. Estoy aquí para despertar algo en ustedes. Algo que tienen dormido en su iglú interior. Llevamos varias horas aquí y no he visto ningún avance. Lo único que pido, señores, es un poco de colaboración.



El público no reaccionó de manera alguna esta vez. El Doctor, nervioso, subió sus gafas y recorrió un poco la tarima. Cavilando.



- Amigos. Porque sí, voy a tomarme la confianza de llamarlos así. Está bien. Según mi humilde opinión la mayor droga para ustedes, son ustedes.



Borró con la manga de la chaqueta lo ya escrito en la pizarra y dibujó un gran triángulo. En una esquina escribió Sujeto nº23, en la siguiente Sujeto nº70 y en la tercera Sujeto nº34.
Un torrente de agua cayó sobre la cúpula de cristal. Las goteras se acentuaron y algunos asistentes sacaron sus paraguas. Las espesas cejas del Doctor no sirvieron para evitar que el agua le llegase a los ojos.



- Vaya. Lamento que el local que nos han asignado esté en tan malas condiciones. Pero debemos aprovechar lo que tenemos. Continuemos. Quiero que se pongan en pie el Sujeto nº23, el Sujeto nº70 y el Sujeto nº34. ¿Me están escuchando?



Tres grandes paraguas negros se elevaron entre los demás.



- Vengan hasta aquí, por favor. Suban a la tarima.



El Doctor los situó en forma de triángulo, mirándose entre ellos.



- Siéntense, por favor. Ahora quiero que repitan en alto su antiguo nombre, la fecha de su nacimiento y su código de barras.



El sujeto nº23 se levantó ejecutando un movimiento mecánico. Y dijo en alto, recuperando de pronto un gran afán de protagonismo que se llamaba Antonio, que había nacido el 23 de Diciembre del 1989. El sujeto nº70 repitió el mismo procedimiento y por fin el nº34 se incorporó, cerró el paguas y lo usó a modo de bastón, apoyándose en él. Primero miró a sus otros dos compañeros como si nunca los hubiese visto, escudriñándolos despacio, después dirigió sus ojos hacia el Doctor y comenzó a hablar.



- Mi nombre no tiene importancia. Yo no lo he escogido y nunca me he sentido vinculada a él. Soy exactamente igual que los demás. Nada me convierte en un ser diferente. Salvo que quizá todavía soy capaz de levantar mi mirada de vez en cuando. Doctor, quiero que vea algo –dijo mientras comenzaba a desnudarse-. Todavía desprendo calor. Puede tocarme si quiere. Mis ojos no son negros. Soy como ellos y mi mayor droga son ellos, pero no soy como ellos. Puede parecer que me contradigo –se dirigió hacia el atril-. ¿Pensáis que me contradigo? Joder, mirad mi cuerpo. Soy carne. Vosotros también sois carne. Pero lo habéis olvidado. Lo habéis olvidado.
- Cállese –el doctor intervino por primera vez-. Cállese o tendré que avisar a seguridad. Intente calmarse.
- Angus, permite que te diga una cosa. No tienes ningún derecho a decirme lo que tengo que hacer. Nunca lo has tenido.



El sujeto nº34 daba vueltas sobre la tarima de un lado a otro, agitando violentamente las manos en gestos grandilocuentes mientras daba su discurso. Por momentos se paraba y acariciaba su cuerpo desnudo levemente. El público empezaba a revolucionarse. Los allí presentes, antes callados, cuchicheaban entre ellos, señalaban e incluso hacían gestos obscenos refiriéndose a la chica. El Doctor no sabía como manejar la situación, permanecía quieto en una esquina observando el espectáculo que comenzaba a desarrollarse allí dentro. Miró hacia arriba. Sobre la cúpula no dejaba de caer agua, que resbalaba hacia los lados acumulándose en el tejado. Era un torrente de lluvia constante, las goteras cada vez eran más fuertes. Intentó controlar de nuevo a los sujetos que estaban a su cargo. Se situó delante del escenario, agarró el megáfono y solicitó calma. Tanto el público como los sujetos que se encontraban sobre la tarima hicieron oídos sordos.



- Joder. Cerrar los paraguas. No comprendéis que no sirven para nada. El agua no os dañará. Miradme, el agua cae sobre mi cuerpo, empapándolo y no ocurre nada. Es divertido. Aunque ya sé que vosotros no comprendéis ese concepto.



Levantó los brazos, elevó la cabeza y cerró los ojos. Estuvo callada un buen rato hasta que empezó a canturrear



“It seemed to last for hours, it seemed to last for days. This lady of the flowers, her electronic haze”



El público entonces se levantó. Unos trescientos sujetos se incorporaron al mismo tiempo y comenzaron a quitarse la ropa. El Doctor lo presenciaba todo desde su anterior posición. No comprendía esas reacciones, todo el experimento se le estaba yendo de las manos. Cuando el Comité se enterase de todo lo que estaba ocurriendo le retirarían los fondos. Y ya sólo quedaba él para luchar. Todos los que un día pusieron sus energías en el proyecto habían ido perdiendo la esperanza. No comprendía como podían estar riéndose. Estaban programados para ser serios, sus emociones estaban ligadas a un protocolo y todavía estaba trabajando para hacerlos más realistas. Pero ahora reían. La sala entera estaba cantando al ritmo de esa canción, como si ella hubiese despertado en ellos sentimientos olvidados. No podía estar ocurriendo.




“She stole the keys to my house and then she locked herself out.”




La joven chica se tumbó entonces sobre la tarima.



“She lays me down”




Los sujetos que se encontraban sobre la tarima, ambos despojados ya de su ropa, se echaron sobre ella. Eran una mujer mayor y apenas un adolescente. La chica joven seguía con la expresión calmada y dulce de antes; los ojos cerrados y la misma melodía saliendo de sus labios. Ahora acompañada por toda la sala, que celebraba al mismo tiempo la vuelta a la vida. Cuatro manos recorrían su cuerpo. Penetraban su cuerpo. Amaban su cuerpo. El salón de actos entero era la misma persona. El mismo alma. El mismo sentimiento.



“She lays me”

BSO

27.10.09


Tenemos toda una vida para decidir cómo queremos vivir. Toda una vida para reencauzarla hacia donde nosotros deseamos. Para encontrar el punto exacto al que queremos desplazarnos. La tenemos completa, fresca siempre como el primer día. Nunca es demasiado tarde, la vida se mantiene siempre en una constante explosión, abrasadora, colorista, rítmica. Somos nosotros los que invocamos las arritmias, los que nos empeñamos en desglosar por fases, por letras, por parcelas el gran conjunto que nos pertenece por antonomasia. Invocamos fuerzas milenarias extintas ya y pensamos “Es demasiado tarde, demasiado tarde para hacer esto o aquello y aquello más” Algunas veces acosamos a la pereza, a los desengaños, al pasado a las pocas ganas de luchar. Pero no es la vida la que permanece arrítmica, somos nosotros. No es la vida la que decide detener su recorrido hacia el infinito, somos nosotros que hemos olvidado nuestros músculos, criaturas inconscientes que han olvidado sus extremidades su calor y sus latidos. La vida no se detiene. Nos detenemos nosotros, estúpidos, gilipollas de tres al cuarto que no saben lo que se están perdiendo. Podemos alcanzar tanto, llegar a tanto, absorberlo todo si es que así lo deseamos. Pero algunos congelamos nuestro cuerpo, nuestro corazón, nuestras cuatro neuronas dispersas y nos revolcamos en el barro, sobre el barro, dentro de él. “¡Vamos a desfragmentarnos!” gritamos infinitas veces. Tantas veces que ya no sabemos hacer otra cosa. Pero la vida sigue intacta y la vida sigue intacta y la vida sigue intacta y la vida sigue... sin nosotros.





*Como dice ella: A película mala BSO buena.

26.10.09



Consumimos las últimas horas entre suspiros agónicos. No era la primera vez que vivíamos eso, estoy casi segura de que tú has podido retener en muchas ocasiones esa pequeña situación que ahora, con la cabeza un poco más amueblada, vuelvo a afrontar a base de letras. Siempre es a base de letras en nuestro caso. “Parece mentira que escribas tan bien” me decías, porque era incapaz de hacerme entender de otra manera, al menos contigo. Las palabras se me atragantaban, adormilándose en mis cuerdas vocales, vibrando débilmente, atascadas, en cambio podía coger una hoja en blanco y vomitar todo aquello de lo que huía vocalmente. Otras veces era la música la que nos servía de canal de comunicación. Recuerdo todas esas canciones, una por una, era más sencillo darle a play que intentar expresar un sentimiento que nos venía demasiado grande en ese momento. Intentamos brillar una y otra vez, absortas y desencantadas, tirando de la poca esperanza que quedaba, hasta que, por fin, llegamos a la conclusión de que nunca llegaríamos a ser eso que tanto deseábamos ser. Elisa estaba muerta. Yo estaba muerta. Y tú también. Pertenecíamos, sin duda, a una adolescencia decadente y enferma, que se agarraba a un jodido abecedario y muchas ganas de abandonarse. Queríamos brillar de una manera grandiosa, musical, artística, queríamos ser especiales y nos convertimos en puros tópicos. Queríamos destacar, almacenar desde el principio en nuestra débil memoria de recuerdos cada uno de los miedos, cada uno de los malos momentos, cada fragmento de locura. Queríamos poder recordar años después, muchos años después, las arrugas que conformaban tus vaqueros aquella noche en el aparcamiento y mi mirada amarga de borracha. Ahora ya no los recuerdo, sólo recuerdo que querría poder recordarlos, que querríamos poder recordarlos. Elisa se marchó demasiado pronto. No sé si fue por el sexo absurdo y patético al que sometíamos nuestros cuerpos o porque siempre buscábamos la ropa más oscura, corta, rota y descuidada. Pero se marchó entre suspiros agónicos, entre conversaciones ridículas, absurdamente pedantes, de la mano de calimocho barato y tabaco que le robábamos a nuestros padres. Se marchó, tal vez, porque la arañamos demasiadas veces con nuestras uñas largas de gatas negras, perdidas. Gatas que se confundían con la noche, se enredaban en ella y en la música. Gatas que tenían hambre y la saciaban en colchones empapados de sudor. Teníamos hambre y no sabíamos lo que queríamos comer. Besábamos el aire, el humo, las almas y cuando amanecía, con el maquillaje corrido, nos difuminábamos hasta perdernos entre decorados que nosotras habíamos construido. Éramos superstición. Anhelo de ser algo más. Y terminamos siendo mucho menos de lo que deseábamos. Por eso ahora quiero hablar contigo, escribirte de nuevo, una vez más, porque no pude despedirme en su debido momento, porque no pude comprobar cómo enfrentaste este cambio, esta mutación, no sé cómo la interpretaste. ¿La echas de menos? ¿Echas de menos aquella época? Creo que habrás asumido todo como yo, sin darte cuenta, avanzando a ciegas, disfrazándote de nuevo para sumarte a la masa uniforme que conforma la mayor parte del mundo y que como yo todavía guardarás retazos de Elisa que salen a la luz al escuchar Für Immer o al dar dos sorbos a una litrona. De verdad, nos consumimos alcanzando un gran punto álgido de mierda y abandono. Creo que estallamos, algo dentro de nosotras exploto, estábamos llenas de NAPALM, éramos bombas a punto de estallar, teníamos el contador casi a cero, esperábamos una señal para accionar el pulsador, la necesitábamos, no podríamos permanecer en ese estado mucho tiempo más. Hubiésemos muerto. Y fue mejor acabar con Elisa. No tenemos edad, no teníamos edad, para seguir jugando a hundirnos en la mierda.

Habitación 123


Por las mañanas el mundo despertaba lentamente desperezándose de los restos de aquella nocturnidad irreal en la que permanecía inmerso y todo comenzaba a funcionar dudando, como siempre, de a dónde se dirigía. En la habitación 123 las mañanas eran alegres, aunque las tuberías del pequeño lavamanos estuban cubiertas de óxido, aunque el papel pintado se veía amarillento y descolorido por el desgaste de los años, aunque todavía se escuchaba algún gemido grave a lo lejos. En la habitación 123 el amanecer era delicado y tierno, era un fragmento de tiempo que auguraba algo más, que devolvía la esperanza a aquel viejo edificio, decrépito y estropeado; auguraba momentos mejores, devolvía por un breve lapso de tiempo la seguridad de que las paredes desconchadas podrían ser pintadas de nuevo. En la habitación 123 los amaneceres eran naranjas y yo creía que podía comérmelos a bocados de ansias y prisas y digerirlos lentamente, desarrollando cada parte del sorprendente reincidente y colorido despertar. Y los devoraba lanzando mordiscos al aire, al sol, al humo del tabaco que flotaba en espirales entre las cuatro paredes. Yo creía que eran míos aquellos raudales de luz y color, que desfragmentaban el arte, los huesos, la carne y mi sonrisa, que arrancaban de cero, partían de cero y se construían sobre mí, sobre los cimientos de aquel hostal de mierda, llenándolo todo. Yo creía que en la habitación 123 los amaneceres no eran amargos, ni sabían a música y alcohol. Cada día creía que todo volvería a construirse, que lo viejo se tornaría nuevo, agradable, sencillo. Que los derrumbamientos y las grietas se sellarían por sí solas. Creía creer que todo volvía a funcionar correctamente. Que el filo de la navaja sobre el que me deslizaba el resto de día estaba limado.

Y por momentos todavía creo en todo esto, aunque sigo atiborrándome de aspirinas sobre la navaja que me regaló el pasado para que jamás me olvidase de él y de la habitación 123.



*Foto: Vistas desde la 123.

8.9.09



Casi puedo tocar a la Gaviota desde aquí. Alargo la mano y la rozo despacio. Es suave, pero la siento amenazante. ¿Quién eres, Gaviota? ¿Qué te impulsa a permanecer ahí, suspendida, colgada de las nubes bajas tan al alcance de mi mano? Estás tan cerca que casi puedo olerte. ¿Cuál es tu nombre? ¿Me lo dirás algún día? Ya sé que no puedes hablarme. Todo debería estar compensado. ¿Podremos comunicarnos acaso entre aire y bancos de partículas de polvo? Ella desciende y se posa sobre mi hombro. La miro a los ojos y me clava las uñas en la piel. Esa será su respuesta, digo yo, vamos. Ladea su cabeza. Por un momento sus ojos son mis ojos. Ave carroñera. Las Gaviotas no son muy higiénicas. ¿Tú lo eres? ¿Eres la proyección de mí misma carroñera de mi propia alma? .suspiro. No sigas por ese camino, Gaviota. Ni siquiera sé tu nombre. Sólo sé que eres yo. ¿O es al revés? ¿Vas a picotearme una y otra vez hasta que caiga muerta y sangrante sobre el asfalto? No quiero llenar de sangre la carretera. Alguien podría resbalar al cruzarla y caerse. Si tienes pensando acabar conmigo hazlo de otra manera. Una manera más limpia, que cause menos estropicios. A todo esto... ¿Qué haces aquí, tan lejos del mar? Deberías de estar rozando la muerte y no yo. Desde que tú estás la siento muy cerca. Aunque nunca he estado tan calmada como en estos momentos. La muerte trae la calma. En la muerte de muchas cosas he encontrado la paz. Aún así déjame qué escoja la mía. O la muerte de mi corazón. O la muerte del latido que lo llena y bombea mi sangre. O la muerte del sonido de ese latido. O la muerte del subir y bajar leve de la yugular. La muerte de esa piel, necrosada. O la muerte de la carne entera. Aún así déjame que escoja la mía. Porque es mi corazón. Mi latido que lo llena y bombea la sangre. Mi sonido. Mi subir y bajar de la yugular. Mi piel, necrosada o no. Mi carne entera. Aún así déjame que escoja la mía. Que yo no tengo pico. No tengo los ojos negros y pequeños, impenetrables. Ni plumas suaves que me aíslen del mundo. Ni garras que clavar en hombros ajenos. Yo sólo tengo carne. Piel. Latidos. Y un corazón que bombea sangre por mis venas cada vez más lentamente (La nicotina, supongo) y el olor de ellas, peligroso, variopinto. Que se ha ido cargando más lentamente, si cabe, mi pituitaria. ¿Gaviota? ¿Te has ido sin hacerme nada? Vuelve, Gaviota, vuelve. Aún no has cumplido con tu misión. Aún no me has dicho tu nombre.
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1.9.09

BENI

Beni me llamaba a veces desde Madrid. Marcaba mi número sólo para llorar y que alguien la escuchase. Me decía que necesitaba contárselo a alguien, y yo me preguntaba qué le habría pasado esta vez (porque nunca concretaba)
Alex por aquel entonces tenía cuatro años, una carrera de delincuente profesional y gafas de pasta azules y redondas, vivía solo con Beni, su papá los había abandonado. Su papá, su papá... esas palabras torpes de niño resonaban en mi cabeza martilleándola y dirigiéndome siempre al mismo punto de nostalgia y rabia, sobre todo rabia. Porque ese papá me había alejado de sus vidas a pasos agigantados y ahora, lo que era nuestra relación, se basaba en llamadas esporádicas cada dos meses y alguna que otra visita de tres días cada vez que ella me decía que no podía más y yo le ingresaba dinero para que pudiese llegar a este trozo de tierra, que está demasiado cerca del fin del mundo.
Venían en la furgoneta gris, tan llena de mierda, tan gris, tan abandonada. Su interior era una curiosa mezcla entre libros de cuentos para menores de tres años, juguetes, porros y colillas apagadas en los ceniceros, desbordándolos.
Alex se pasaba todo el camino subiendo y bajando su ventanilla, subiendo y bajando su ventanilla. Impaciente por llegar a lo verde, a lo dulce. A saber lo que esperaba encontrar aquí, tal vez para él, tan pequeño, tan desvalido, también fuese un salvoconducto a otra vida que echaba de menos sin apenas conocerla.
Las delgadas manos de Beni se agarraban al volante y conducían sin parar, con la mirada perdida en la carretera, controlando ya su objetivo desde lejos. Objetivo Coruña. Objetivo mar. Objetivo Margot. Osease, yo, que siempre estaría allí, pasara lo que pasase.
Cuando ella se fue de aquí sólo era una cría, como yo, me dijo que se iba a Mallorca a trabajar, a fumar porros y a sacudirse el polvo que había ido acumulando aquí. En realidad no sé de qué necesitó huir, ni porqué me castigó de tal manera, pero allá fue, sola y demasiado joven a comerse el mundo. Cuando volví a recibir una llamada suya habían pasado dos años, estaba en Madrid viviendo con un chico que había conocido en la discoteca donde trabajaba. Cuando el verano de 1997 acabó, y con él se quedaron sin trabajo, probaron suerte en Madrid. Para ella lo más importante de todo era la cama de 1´90 que tenían en el piso en Móstoles, que se encargó muy pronto de dejarle un recuerdo de por vida. Alex a día de hoy piensa que su padre los abandonó, pero no podría estar más confundido. Fue Beni la que decidió escapar de nuevo, tal vez por las broncas, las peleas, los gritos confundidos con la música de fondo que ponían los raperos del segundo o porque ya no se sentía cómoda y le volvía a faltar aquello que le faltó el día que decidió irse a Mallorca a trabajar. A mí me gusta pensar que es porque me echaba de menos. A mí, que nunca sentí deseos de escapar, que preferí quedarme a vivir en 1997, con Beni en mi cabeza, y su piel morena (demasiada morena para haber vivido en el norte) y sus ojos verdes, y la manera de liarse los porros sentada en mi cama contándome cosas importantes todos los lunes y como se empeñaba en rememorar y volver a contar una y otra vez nuestra maravillosa primera experiencia sexual, entre nosotras claro, que éramos muy abiertas y teníamos la cabeza muy perdida.
La última vez que vi a Beni antes de que se marchase por primera vez estaba en mi cama, sentada, liándose dos porros, uno para cada una decidió esa vez. Y me lo soltó después de que yo le diese unas buenas caladas, para que no me costase tanto asumirlo, dijo después. Pero vaya si me costó. Vaya si me costó. Me costó no verla en más de cuatro años, cuatro años que yo, aunque no me gusta pensarlo, tiré a la basura yendo a la facultad de humanidades, veraneando en el mismo pueblo de siempre y quedando con las mismas estúpidas a las que Beni no soportaba.

También era lunes el día que ella llegó a mi casa, a mi puerta, al piso que me había alquilado la señora del kiosco donde robábamos chicles de pequeñas. Venía con el pelo recogido en un moño despeinado, una bolsa de viaje en una mano y un niño de cuatro años en la otra, que miraba todo con curiosidad porque no sabía ni donde estaba. Saluda a la tía Margot, le dijo, y el niño rubito, con siete dioptrías de hipermetropía y gafas de culo de vaso me abrazo como si me conociese de toda la vida. Cuando conseguí deshacerme de aquel abrazo, me incorporé y miré a Beni con atención. Estaba casi llorando (Ella, yo no. Que había desarrollado una absurda fortaleza con el fin de que no me hiciesen daño nunca más) Alargó los brazos, como si se me estuviera ofreciendo, como debería de haber hecho su hijo y no ella, y yo la recogí, y la achuché y la balanceé un buen rato, hasta que Alex se interpuso entre nosotras demandando atención. Y entramos en mi casa, todos juntos, fluyendo de manera natural, integrando con una facilidad inaudita a ese niño que no entraba en mis planes, de tal manera que parecía mío también. Estuvimos hablando hasta muy tarde encima de mi cama, fumando la mierda que había traído de Madrid (citándola textualmente) me contó aquellos años con todo detalle, aunque tampoco incluyó una explicación de porqué hizo lo que hizo, yo tampoco se la pedí, conste. Porque ya no era que tuviésemos algo en el momento en que ella se marchó, momento en el que follábamos día sí, día también y susurrábamos palabras y frases que sólo se escuchan en las películas, era lo que teníamos antes, lo que tuvimos siempre, desde niñas. Y esa inocencia no la habíamos perdido con el paso de los años porque antes de todo aquel circo amatorio en el que nos habíamos implicado había una complicidad de hermanas, una historia que venia de lejos, de muy lejos, un juramento que habíamos hecho mucho antes y que para nosotras era mucho más importante que cualquier orgasmo que hubiese venido después. Cuando de niñas decíamos que nos tendríamos siempre, no mentíamos, y cuando más adelante lo repetíamos añadiéndole un “pase lo que pase” o “aunque desaparezca seguiré estando” lo decíamos con el corazón en la mano, y con la sensación de que lo que teníamos podría con todo y seguiría adelante. Beni era perfecta así y nos quedamos allí, dormidas sobre la colcha, fundidas en un abrazo que ambas echábamos en falta.

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28.8.09


El monstruo vuelve a ser de carne

La quemazón llega a media tarde, cuando estoy sola en el bar, me abraso por dentro sin previo aviso, cada parte de mí arde incandescente. Manos invisibles me recorren entera mientras simulo leer el periódico. La radio suena de fondo pero yo no la escucho. Creo que estoy leyendo alguna noticia absurda sobre restos en una playa, pero no estoy segura. Sólo soy consciente de mi piel, de mi interior, de ese ardor que ya no sólo abarca el centro, sale de ahí y se difumina, se confunde, se expande por el resto de mi cuerpo, rompiendo los límites que deberían de existir. Pienso que si en ese momento alguien estuviese allí, sería capaz de cualquier cosa, de cualquier cosa de esas que hacía cuando aún era una puta. Ni siquiera imagino a mi lado a una mujer. Todo está tan liado que me resultaría indiferente, no pongo cara, ni miembros ni voces... sólo pienso en carne, piel, contacto, humedad. Estoy tan cachonda que mi mente evoca y se concentra en la sensación en sí. Me muevo un poco en el taburete y percibo como se desplazan mis tetas; ha sido un movimiento ínfimo, pero mis pezones están rozando la ropa interior, clavándose en ella, y mi sexo está siendo martirizado constantemente por la costura de los vaqueros, tanto que si me inclino hacia delante podría encajarme en ella y no controlar los avances. Paso la mano despacio por mi piel, me acaricio el principio del escote, como si me estuviese rascando distraída, y algo más se enciende en mí. Inconscientemente aprieto más las piernas, contraigo mi sexo un par de veces y los ojos se me ponen en blanco. Echo tanto de menos la suciedad del sexo, el sudor, lo fluido de él que daría cualquier cosa porque alguien apareciese, me tocase y me apoyara allí mismo, contra la barra, de espaldas. Lo echo tanto de menos que daría cualquier cosa porque alguien apareciese y poder cogerla y tocarla y ponerla contra la barra de espaldas y sentir lo caliente en mis manos, y en mi boca y escuchar sus jadeos y su respiración agitada y morder y arañar y sentir sus latidos hacia el final, confundidos con los míos. Pero no hay nadie a mi lado, estoy en el trabajo leyendo el periódico, han encontrado unos restos prehistóricos en una playa y un cliente agita la mano desde la terraza para que le sirva un café solo doble y con hielo.


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